Pizza en Las Cuartetas: tocando el cielo con las manos llenas de muzzarela

Emergés desde las entrañas de Buenos Aires en 9 de Julio y Corrientes. Los carteles de leds parpadeando alrededor, el Obelisco, las bocinas y un Mc Donalds es lo primero que ves al terminar de subir las escaleras del Subte.

Después de un largo día sin comer, lo primero que se te cruza es pedir un combo en la cadena del payaso para calmar la fiera que tenés en el estómago, pero un momento de lucidez te hace pensar que sobre Corrientes hay varios tesoros gastronómicos que vale la pena descubrir.

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Entonces, a caminar. Y ahí están, entre las marquesinas de los teatros: El Palacio de la Pizza, El Cuartito, Guerrín, Kentucky, Las Cuartetas… ¡entramos en esa! Y la sensación es como volver a las entrañas de Buenos Aires: un primer salón atestado de gente, largo, con mesas individuales de mármol, del mismo año (de mucho tiempo atrás) que la barra de madera y mármol que está al fondo. Seguimos avanzando.

mesitas_lascuartetasUn segundo salón también largo, lleno de espejos, con más gente, con las mesas bien pegadas, lo que da la sensación de que están todos juntos, pero no.

Pasamos al siguiente. El tercer y último salón está menos congestionado. A esta altura el olor a pizza no deja pensar. Acá nos quedamos, ya estamos en una dimensión diferente a la de la vereda.

Entonces, como novatos, leemos reseñas del lugar en Internet. Todos coinciden en una cosa: la fugazetta con fainá es como tocar el cielo con las manos. Pedimos la carta y después de un largo debate nos decidimos por una Especial Las Cuartetas chica (son cuatro porciones, nosotros somos dos) fainá y la fugazetta.

Espiamos otras mesas porque pensamos a lo mejor nos quedamos cortos con el pedido, vemos que varias bandejas circulan con la pizza grande.

En un instante llega el pedido: en un platito blanco, la porción de fugazzeta, y en una fuente negra, la especial de jamón más el fainá.
lascuartetasespecialDios sabrá recompensar a aquellos que se decidieron a hacer una pizza con cantidades de eterna generosidad de queso muzzarella, una delicia que cubre casi en su totalidad a esa masa ancha como la 9 de Julio.

La cebolla de la fugazzeta corona una pizza que efectivamente es delirio, hasta las partes quemadas son un manjar único. Con el fainá encima queda un plato uniforme ideado de principio a fin. Sólo una porción disipa los miedos sobre aquella lejana posibilidad de quedarnos con hambre con una pizza chica. Ya casi no queda aliento.

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Pero al lado está la especial, cubierta con jamón y unas rodajas de morrones que tranquilamente se podrían usar de frazada para abrigarse en el invierno. Con concentración y paciencia se puede terminar la segunda porción. Encarar una tercera, al menos para nosotros, es como tratar de alcanzar a Phelps en los 200 metros mariposa.

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Nos rendimos. Nos apoyamos sobre el respaldo de la silla y esperamos que el aire vuelva a nuestros pulmones. Decidimos salir de esta dimensión paralela de queso, masa y sabor para volver a Buenos Aires. De nuevo el Obelisco y un poco de aire fresco.

Ahora, a perderse en una caminata para volver a la habitación del hotel con la panza más relajada y el corazón contento.

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